lunes, 16 de septiembre de 2013

Capítulo 7: La hermana desaparecida


 Me senté en el suelo junto a las demás y charlamos un rato, me sentía extrañamente relajada en su compañía, quizás el cansancio mental que tenía era a causa de la frustración inspirada por enfrentarme al mundo de nuevo, pero sentía que me había quitado un peso de encima con mi visita.
—Corrígeme si me equivoco, pero esa sonrisa estaba relacionada con Damian ¿no?—Anneka me sacó de mis pensamientos, me miraba sonriendo con interés
—¿Por qué lo dices?—pensó su respuesta un momento
—Bueno… Es que cuando estás con él eres diferente, me refiero a que pareces más honesta—la miré extrañada, no recordaba haber sido honesta con él en ningún momento a excepción de la visita al cementerio. Semine aclaró.
—Se refiere a tus emociones, normalmente escondes lo que estas sintiendo, pero con él muestras tu enfado y tu tristeza—no pude negar que fuera cierto, pero no era por el motivo que estaban insinuando.
—Eso es porque es idiota—dije refunfuñando. No pudieron evitar reír al verme la cara.
Gradualmente las risas pararon y las tres guardaron silencio con una cara pensativa, Anneka volvió a hablar.
—La verdad, es que te estábamos esperando—la miré algo extrañada
—¿A mí? ¿Por qué?
—¿Recuerdas lo que pasó hace unos días con mi hermana?—la verdad es que lo había olvidado por completo, pero asentí. Anneka me sonrió, pero su alegría se mostró algo débil—me sentía mal por dejarte un poco de lado, así que creo que debería contarte un poco. No le respondí, me limité a escuchar su historia en silencio
>>Yo vivía en las afueras, en una casa pequeña y ruinosa, mi madre nos cuidaba a mí y a mi hermana, que era tan solo un bebé, mi padre era un borracho y maltrataba a mi madre a menudo, cuando él llegaba yo corría a esconderme y escuchaba como le gritaba a mi madre.
Un día cuando regresó, yo fui al cuarto donde estaba mi hermana, mi madre la había dejado en el suelo sobre una pequeña alfombra, ese día recuerdo los gritos peor de lo habitual, me asusté y vi la ventana abierta. Aunque tenía solo 4 años, ideé rápidamente una forma de salir de allí, supongo que sería el miedo, escuché como se acercaba a la habitación, así que le puse el pestillo a la puerta y puse delante todo lo que pude mover, oía a mi madre gritando a mi padre para que no se acercara a la habitación.
 Tiré hacia afuera todas las almohadas y mantas que encontré para sacar a mi hermana de allí, luego me colgué una mochila en la espalda y puse a mi hermana sobre una sábana, la cerré como un saco y con cuidado la bajé por la ventana, ella empezó a llorar y yo salí por la ventana, afortunadamente nuestra casa era muy baja para que pudiera lastimarme, metí una de las mantas en la mochila, levanté a mi hermana y caminé hacia mi triciclo lo más rápido que pude, puse a mi hermana en la cesta y me subí. Cuando empecé a pedalear escuché a mi padre gritarme, me había descubierto. Empecé a pedalear hacia la carretera, mi madre me gritó que me fuera, que pedaleara más rápido, escuché como intentaba retener a mi padre para que no nos alcanzara, pero no era capaz de mirar hacia atrás.
 De repente un grito desgarrador  me hizo pedalear aún más fuerte.  Cuando llegué a la cuidad el triciclo no aguantó mucho más, cogí a mi hermana de la cesta y la arropé con la manta de mi mochila, estaba cansada, no daba para más, pero seguí caminando, sentía que si paraba mi padre nos encontraría, así que seguí, empezó a llover y por fin paré en una parada de autobús que tenía techo, allí me acurruqué abrazando a mi hermana. Por allí pasó María y nos acogió. Poco después mi padre fue juzgado y condenado a la cárcel por maltrato y asesinato.

Me quedé totalmente en blanco al oír su historia. Miraba al suelo mientras sus palabras resonaban en mi cabeza e imaginaba su desesperación. La habitación estaba en silencio, levanté la vista y me encontré con una sonrisa algo triste de Anneka.
—A partir de ese momento decidí cuidar de mi hermana, y prometí darle una vida mejor, con un hogar cálido y feliz.—suspiró y bajó la mirada—Sin embargo eso pronto se volvió una obsesión y fui demasiado sobreprotectora con ella. Karen era una niña adorable, por lo que varias parejas se interesaron en ella durante el tiempo que estuvo aquí, sin embargo yo no permití que se la llevara cualquiera. Siempre me aseguraba de hablar con las parejas y asegurarme de que le ofrecerían una vida feliz, si no me convencían no permitía que se la llevaran.—levantó la cabeza y sonrió al vacío recordando su pasado—Ella no tardó en descubrirlo, se enfadó mucho cuando supo de que la razón de que ninguno se la hubiera llevado era yo. Por ese entonces ella estaba algo molesta porque me había vuelto muy cercana a Britta y la había dejado un poco de lado. Tuvimos una pelea, ella me gritó y dijo que la dejara en paz, que no quería verme más—rió—aunque no me tomé muy en serio las palabras de una niña de cuatro años. Ese día había tenido una entrevista con una pareja, con la cual fui a hablar después, pero Karen me vió y quiso escuchar la conversación. Fue ahí cuando nuestra relación se rompió. Vi su partida relativamente tranquila, porque sus nuevos padres me parecían perfectos para ella y habían prometido darle una vida feliz, además me dijeron que podía visitarla cuando quisiera.—suspiró de nuevo—Ese año fui a visitarla en navidad, pero no quiso dirigirme la palabra, ni siquiera me miró. Intenté ir varias veces más, pero se encerraba en su cuarto y no había forma de sacarla. Terminé rindiéndome, decidí esperar a que ella quisiera buscarme, pero hasta ahora eso no ha sucedido.—me sonrió de nuevo para suavisar la situación—Ella ahora tiene once años, y se la llevaron cuando tenía cuatro.
La escuché atentamente hasta el final, pero seguía sin saber cuál era el punto de contarme todo eso.
—Yo… lo siento mucho, no tenía ni idea—Anneka rió esta vez con la vitalidad de siempre
—No importa, algún día reconquistaré a mi hermanita—luego me miró algo más seria—la verdad es que quería pedirte un favor, pero antes tenías que saber todo esto.—la miré fijamente y escuché su petición—Quiero que investigues a Damian—me sentí algo confundida.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Verás. Él llegó aquí poco después de que Karen llegara por fin a casa con claros signos de haber sido secuestrada, además se está escondiendo por alguna razón, lo que quiere decir que hizo algo malo. No me parece una coincidencia, creo que Damian tiene algo que ver con este incidente.—pensé sus palabras, su teoría tenía cierto sentido.
—¿Entonces me pide que averigüe si tuvo algo que ver?—asintió
—No tienes que interrogarlo, sólo decirme cualquier cosa que te parezca sospechosa—en ese momento recordé la mochila, claramente era de una chica, y por lo que decía la nota la había dejado en algún lugar donde podría haberla puesto en peligro. Experimenté un dilema al no saber si contarle lo de la mochila o no, me parecía sospechoso, pero si él la había secuestrado me parecía contradictorio que la ayudara.—¿No se te ocurre nada?
—La verdad es que no habla mucho…
—Ya veo… entonces habrá que esperar—me sonrió una última vez y se despidió diciendo que era muy tarde. Britta también se levantó y se despidió con la mano antes de cerrar la puerta.
Una vez que Semine y yo nos fuimos a la cama y la habitación quedó a oscuras intenté cerrar los ojos para descansar un poco, pero tenía mucho que pensar, y seguramente tendría que atender un asunto esa noche. Después de un rato escuché la voz de Semine
—¿Te hemos quitado el sueño?—me sorprendí de que me descubriera, ya que no me había movido
—Lo siento, ¿estoy haciendo ruido?—bostezó
—En realidad no, es solo que tu respiración es diferente cuando estás metida en tus pensamientos
—¿En serio? ¿Pero cómo es posible que puedas notarlo?—escuché a Semine incorporarse en la cama y vi sus pies colgando desde la cama de arriba
—Porque duermo en la misma habitación que tú todas las noches y se cuando estas durmiendo y cuando no.—tenía sentido tomando en cuenta el oído tan agudo que tenía, pero me sentí espiada en aquel momento—Bueno, pero ya que estamos, cuéntame que es lo que te inquieta
—No es que me inquiete… Simplemente estaba pensando en el contraste que hay entre la personalidad de Anneka y lo que ha vivido—no era del todo cierto, pero no podía contarle sobre la mochila.
—La verdad es que lo único que le importaba era proteger a su hermana de cualquier cosa que pudiera hacerla infeliz, nunca le contó sobre sus padres, sobre el juicio o sobre cómo llegaron al orfanato. Aunque preguntó ella siempre respondió con evasivas, eso ayudó a que su relación terminara así.
—Pero solo fue una pelea de niños ¿no? ¿Por qué no lo sigue intentando? ¿No pensará que Anneka se ha rendido?
—Bueno, siguió visitándola hasta que ella cumplió seis años, luego la llamaba por teléfono, pero nunca quería contestar, aún así Anneka se comunica con sus padres a menudo para preguntar cómo está, fue así como se enteró de su desaparición—Semine balanceaba sus pies desde arriba y hablaba dulcemente, por alguna razón eso me ayudaba a reflexionar, hacía que me sumergiera en sus palabras.
—¿Cómo fue juzgado el padre de Anneka?
—Primero María fue a hacer la denuncia, encontraron el cuerpo de la madre de Anneka y le preguntaron sobre la vida que había tenido con sus padres, además también investigaron por su cuenta, con todo eso lograron ir a juicio y su padre fue condenado a treinta años en prisión por maltatar y luego asesinar a su madre. Luego se decidió que Anneka y su hermana se quedaran en el orfanato, ya que no tenían conocimiento de ningún familiar que pudiera responsabilizarse por ellas—en ese momento recordé que María había mencionado que debía demostrar la necesidad de Damian de estar en el orfanato, así que lo que quería era presentar una denuncia, justo como esa vez…
—Dime, Anneka y su hermana, ¿se parecen mucho?—Semine rió
—Pues… no sabría decirte—me sentí algo estúpida al preguntar
—Lo siento, a veces se me olvida—volvió a reír
—No importa, de todas formas, en cuanto a personalidad—se calló de repente y sus pies dejaron de balancearse
—¿Qué ocurre?—me mandó a callar
—Shh…—me incorporé en la cama lentamente—¿Lo escuchas?—dijo en un susurro. Presté más atención y pude distinguir pasos en las escaleras, cada vez más cerca—eso era lo que había estado esperando, no pude evitar que una sonrisa cruzara mi cara
—Te cacé—dije para mí misma. Semine pareció confundida
—¿A qué te refieres?—preguntó aún susurrando. Volví a sonreír intentando aguantar la risa
—No sé si bendecir o maldecir ese maravilloso oído tuyo, Semine—luego me levanté de la cama intentando que rechinara lo menos posible y sonreí a su cara de confusión antes de salir corriendo.
—¿Eh…?
Salí al pasillo y me paré justo antes de empezar la escalera de bajada, me asomé hacia abajo y vi su cabeza, me llevaba dos escaleras ventaja. Bajé los escalones rápidamente pero sin hacer ruido, de modo que ahora sólo me llevaba una escalera de ventaja, de vez en cuando se paraba y miraba hacia atrás, pero la distancia entre los dos y la oscuridad me permitía esconderme y no ser descubierta, finalmente llegamos a la planta baja, solo me faltaba bajar la escalera corta que conectaba la planta baja con la entrada. Esperé a que llegara a la puerta y entonces salté hasta el comienzo de esa última escalera, lo cual hizo que se girara bruscamente.
—Ah, ¿así que solo eras tú?—pareció relajarse y se giró hacia la puerta de nuevo, intentando abrirla. Lo señalé enérgicamente y fingí estar enfadada
—¡Silencio escoria! he venido a retenerte por tus crímenes—se giró de nuevo y me miró de arriba abajo
—¿Pero qué estás diciendo? ¿Acaso eres sonámbula?—reí y relajé mi postura. Damian siguió intentando abrir la puerta
—Tal vez, pero ahora no—luego bajé hacia donde estaba—está cerrada, no podrás abrirla.
—¿Entonces para qué has venido si no podría salir?—reí de nuevo
—Para hacerte una emboscada—se detuvo y luego se giró mirándome extrañado
—¿Pero qué te han hecho? ¿Los pitufos te han dado de su droga?—intenté no hacer ruido al reír y me encorvé conteniendo mis carcajadas, no podía negar haber utilizado ese nombre en mis pensamientos para referirme a los niños del orfanato.
—No han sido ellos… De todas formas, ¿por qué sigues aquí si sabes que está cerrada?—levantó una de sus manos y me mostró algunas herramientas
—Porque puedo abrirla—no pude esconder mi sorpresa
—¿De verdad? ¡Quiero ver!—me miró como si estuviera loca de nuevo y suspiró con resignación antes de volver a su labor. Después de un momento se escuchó un ruido de la cerradura y Damian pudo abrir la puerta, luego me la señaló con la mano.
—¿Contenta?—sonreí aplaudiendo silenciosamente
—Sí, ¿y ahora qué?—me miró por un momento
—Ahora me voy—me dio la espalda y levantó una mochila negra del suelo que no había visto antes para colgársela en el hombro. Cambié mi expresión, esta era la razón por la que había venido. Cerré de nuevo dando un portazo.
—Esa si es tu cara, me estabas asustando—dijo riendo mientras me miraba.
—¿Adónde se supone que vas?
—¿Tengo que decírtelo?
—Está bien, ¿por qué te vas? En primer lugar, ¿no se supone que te quedaste aquí porque estabas a salvo? ¿Qué sentido tiene que te vayas?—esa sonrisa que tanto me molestaba volvía a estar en su cara
—¿Te estás preocupando por mí?
—No me gusta hacer un trabajo mediocre—rió
—Me gustas más cuando eres difícil de tratar, es más divertido—suspiré e intenté sonar más cercana, algo me decía que el asunto era mucho más grave de lo que supuse al principio.
—¿De quién estás huyendo?—desvió la mirada hacia el suelo frunciendo el ceño. Después de un corto silencio decidió responder.
—Mi padre…

Un escalofrío pareció recorrer su cuerpo cuando lo mencionó. Fue entonces cuando empecé a comprender al chico que tenía delante, y también pude darme cuenta de la manera en la que el pasado puede pesar sobre nuestra espalda.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 6:Recuerdos


 El cielo pronto se volvió oscuro y llegó la noche. Hacía un rato que había colgado aquella llamada y la lluvia golpeaba mi cabeza, pero no importaba, ya nada era importante ahora.
Caminaba por las calles sin dirección, sin saber qué hacer. Notaba las miradas de la gente por ir sin un paraguas, ni siquiera una capucha, pero no tenía fuerzas para ponérmela. Sin saber cómo, me encontré frente a un semáforo, esperando a cruzar la calle junto con una multitud de gente, al otro lado veía brillar en rojo el semáforo peatonal con la figura de un hombre de pie y debajo unos números amarillos hacían una cuenta regresiva. Fue entonces que me di cuenta de que no tenía porque soportarlo, los coches pasaban rápidamente justo a frente a mí, estaba a un paso de escapar, y tenía aún cuarenta segundos para tomar una decisión.
No tenía sentido quedarme aquí, y nadie se percataría ahora de mi ausencia. Sólo un paso, sólo tenía que dar un paso y todo habría terminado. Miré la calle y vi un coche que venía rápidamente en mi dirección. Respiré hondo y caminé hacia delante, la luminosidad del rojo del semáforo y los faros del coche hacían que me dolieran los ojos, pero sólo duraría unos instantes, sólo un golpe y mi conciencia se perdería para siempre.
El coche estaba a pocos centímetros de mí, cerré los ojos dispuesta a recibirlo, pero justo en ese momento sentí una mano en el hombro que me tiró hacia atrás y me obligó a retroceder. Miré hacia el que lo había hecho. El dueño de aquella mano me miró molesto por un segundo y volvió su vista al frente.
Menos de un segundo después la luz roja pasó a ser verde y empezaron a escucharse pitidos provenientes del semáforo. Miré fijamente al coche hasta que lo perdí de vista, mi oportunidad se había ido. Ahora sólo podía caminar junto a aquella masa de gente sin nombre.


Abrí los ojos y me incorporé de la cama con la calma que te proporciona una tristeza profunda. Semine seguiría durmiendo por unos minutos más, me acerqué a la ventana y observé el exterior, mis pensamientos estaban dirigidos a aquel chico que me salvó hacía ya un año. De entre todas las personas que me rodeaban en ese momento, aquel chico de mirada obstinada, con el rostro parcialmente escondido bajo un paraguas negro, fue el único que se percató de mi presencia.
Miré hacia donde Semine dormía plácidamente y una sonrisa triste apareció en mi rostro. Mis sentimientos no eran distintos a los de ese momento, me habían salvado, pero no podía estar agradecida por ello. ¿Realmente valía la pena salvarle la vida a alguien que no quería vivir?
El reloj encima de la mesa empezó a sonar indicando que era hora de levantarse, presioné el botón que había sobre él y se hizo el silencio de nuevo. Semine respiró hondo y abrió ligeramente los ojos mientras se estiraba. La observé apoyada en la pared, aún me preguntaba por qué lo hacía.
—Buenos días—me dijo con los ojos ya totalmente abiertos y con una sonrisa.
—¿Por qué lo haces?—pregunté sin dejar de mirarla, ladeó la cabeza ligeramente sentada en su cama.
—¿Qué cosa?
—Abrir los ojos, no te da ninguna ventaja ¿o sí?—bajó la mirada sonriendo con cierta nostalgia.
—Es una historia algo complicada…—por supuesto eso no me resolvió ninguna duda, pero decidí no presionar. Bajó de la cama y me sonrió como solía hacerlo— Hoy es un día especial ¿no?
Miré el calendario colgado en la pared, alguien había marcado el día de hoy, dos de octubre con un círculo.
—Depende de lo que quieras recordar…—pretendió no darse cuenta de mi estado de ánimo y rió
—Obviamente quiero recordar los momentos felices.—me separé de la pared y ambas nos cambiamos de ropa. Terminé antes que ella y me dirigí a la puerta para salir, Semine habló justo después de que la abriera—La habitación de Damian es la que está arriba—suspiré—aunque finjas que se te olvida, me asegurare de que cumplas con tu trabajo—sonrió—porque mi trabajo es ese—la miré algo confundida y repetí sus palabras para asegurarme de que había escuchado bien
—Así que…Tu trabajo es asegurarte de que yo hago mi trabajo
—Exacto
—¿No es eso un poco…?—suspiré de nuevo—No importa—terminé de abrir la puerta y salí, escuché a Semine gritar a mis espaldas antes de cerrar la puerta
—¡La habitación de arriba!
Subí las escaleras con intención de cumplir mi "deber", sin embargo a mitad de camino el deber se cruzó conmigo y puso cara de malhumorado al verme.
—¿También vienes a recogerme por la mañana?—le respondí sin emoción alguna en la voz
—Es inútil preguntar cosas que puedes deducir tú mismo—me miró algo extrañado, me di la vuelta y empecé a bajar las escaleras—Vamos.
Llegamos al comedor y nos pusimos en la cola. Mis pensamientos giraban en torno a la última tarde que pase con mi familia, no había sido muy buena, pero supongo que en los recuerdos cada pequeño momento se vuelve un tesoro cuando sabes que no podrá repetirse. Habíamos tenido una pelea, yo la había iniciado, ya no recuerdo por qué estaba molesta, le gritaba a mis padres, ellos respondían molestos pero intentando que yo entrara en razón, al final cogí mis llaves y salí corriendo de la casa echa una furia. Caminé hasta llegar a un pequeño parque y me senté en un columpio, era tarde, por lo que ya no había niños jugando. Luego incluso usé unas pocas monedas que había en mis bolsillos para coger un autobús y llegué al centro de la cuidad. Cuando sentí que quería volver me senté en una plaza, exhausta, fue entonces que mi móvil empezó a vibrar en mi bolsillo, indicando el comienzo del desastre.
Sentí que alguien me estaba mirando y levanté la vista, Damian me observaba con curiosidad, le devolví una mirada fría, y nos quedamos así unos instantes, su expresión era cada vez más extraña, sabía que me pasaba algo, pero no se atrevía a preguntar. Volví la mirada al frente, sin interés.
Finalmente llegamos a servirnos el desayuno y fuimos a una mesa que seguía libre. No intercambiamos ni una palabra, y durante las seis horas de clases ocurrió lo mismo. Entre los cambios de clase varias personas se habían acercado a preguntar qué me pasaba, pero respondía con un simple "nada" y volvían a su sitio, con cada persona que pasaba Damian se irritaba más, pero no se quejó ni una vez. Al salir de la última clase pareció acordarse de algo importante.
—Necesito ir a un sitio—suspiré
—Vamos entonces—subimos las escaleras y llegamos a la azotea, no entendí por qué sería tan importante ir allí, donde no había nada. Al abrir la puerta se dirigió a un rincón en el que nadie se le hubiera ocurrido mirar y se paró en seco frente a él, luego dirigió la vista hacia el resto de la azotea. Respiré hondo para sacar la voz de nuevo a través del nudo de mi garganta
—¿Qué buscas?—miró otra vez al rincón algo confundido
—Cuando llegué la dejé aquí…—me resultaba extraño verlo preocupado por algo
—Tal vez uno de ellos se lo llevó al verlo extraviado, lo que sea que hayas dejado allí—mi voz cada vez se volvía más ronca al hablar y se iba desvaneciendo en el aire. Damian fue al lado opuesto del rincón y se dejó caer al suelo dando un golpe en la valla con su espalda, estaba de malhumor por haber tenido a toda esa gente rondando nuestro sitio todo el día, pero también se veía abatido, habría perdido algo importante—Ojalá estuvieras así todo el tiempo…—dije pensando en voz alta mientras miraba el cielo, las nubes se deslizaban suavemente sobre el azul y se juntaban estimulando la imaginación a formar figuras. Aquel chico malhumorado fijó por primera vez sus oscuros ojos en mí sin intención de despertar mi rabia
—¿Qué te pasa hoy?—sonreí con tristeza y giré mi cabeza hacia él
—¿Quieres saberlo? Hoy se cumple un año desde que me convertí en una asesina…—su expresión no cambió en absoluto
—Ah… ¿Tan malo es?—me pregunté qué clase de vida había llevado para decirlo tan tranquilo
—Lo que buscas… puede estar en la caja de objetos perdidos—subió la cabeza con interés y se levantó de un salto
—¿Dónde es eso?—lo miré un poco extrañada con el cambio repentino
—En la oficina de la directora—se desanimó un poco al oírlo, eso sí podía entenderlo.
Fuimos al despacho de María y tocamos la puerta, al entrar nos recibió con una sonrisa y retiró las gafas de su nariz para ponerlas sobre el escritorio
—¡Ah! Sabía que vendrías—dijo dirigiéndose a Damian.
—¿Entonces sí lo tiene?—María rió.
—Sí, esta justo aquí—puso una mochila morada decorada con llaveros en un lado libre del escritorio. Miré alternativamente la mochila y el chico que tenía al lado
—¿Era eso?—dije enarcando una ceja.
—¡No es mío!—se defendió al instante.
—Ah, ya…— dije aún mirándolo extrañada. María rió a carcajadas con la escena y defendió las palabras de mi compañero.
—Es cierto que no es suya, sólo la trajo aquí.— señaló las sillas frente al escritorio. Se dirigió a Damian.—Sé que quieres solucionar esto rápido, no tengo problema.—Lo miró algo más seria— Esa chica estuvo aquí hace mucho tiempo, pero eso ya lo has descubierto tú solo ¿verdad?—el chico frunció el ceño y bajó la vista dándole la razón. El tono de María se volvió más maternal—Damian, puedo mantenerte aquí, pero tienes que contarme tu situación, tengo que demostrar que necesitas estar en este sitio, pero si no me dices no puedo hacer nada, ¿lo entiendes no?—lo observé con atención, por su expresión cuando María dijo su nombre, y por la forma en que siguió mirando el suelo pude entender que no estaba muy acostumbrado a recibir palabras amables. María suspiró y miró un reloj colgado en la pared—ya hablaremos más tarde, por ahora soluciona esto.
Ambos nos levantamos de la silla para salir, Damian aún tenía una expresión mezcla de culpa y tristeza. Fui a la puerta con un Damian pensativo caminando detrás. Me disponía a girar el pomo para abrirla cuando María habló de nuevo con un tono alegre
—¡Ah! Feliz cumpleaños, por cierto—dijo con una sonrisa en su cara, las gafas habían vuelto a su nariz

—Gracias…
—Gracias…—ambos nos miramos a la cara. María soltó una carcajada
—Lo decís hasta de la misma forma, parecéis gemelos de verdad—a ninguno de los dos nos gustó mucho la idea, él no me despertaba mucha empatía, y al parecer era recíproco. Rió una última vez y nos dejó salir de su despacho. Ambos dimos un bufido al mismo tiempo y nos miramos de nuevo esta vez con una mezcla de asco y confusión, me molestaba, pero me di cuenta de que no lo hacía a propósito. Respiré hondo y caminé hacia la salida.
—Necesito una caja—Damian se limitaba a decir las palabras justas, lo cual agradecía, ya que apenas tenía fuerzas para murmurar una respuestas
—Vamos entonces…—repetí. Bajamos las escaleras hasta llegar a la planta baja y fuimos al almacén. Allí había un montón de cosas amontonadas, algunas necesitaban reparación, otras estaban muy viejas para usarse. A un lado había un montón de cajas de todos los tamaños apiladas que solían guardarse para el uso de cualquiera. Le señalé las cajas—elige una—me miró y fue a mirarlas, escogió una en la que cabía la mochila y la cerró.
—Ya—dijo poniendo la caja debajo del brazo, cada vez parecía más nervioso, me pregunté que le pasaría para ponerse así.
Saliendo del almacén nos encontramos a Britta y Anneka entrando al gimnasio, Anneka me saludó con la mano y luego nos miró extrañada.
—¿Hoy no venís?—luego miró la caja que tenía bajo el brazo—¿Qué es eso?—Damian la ignoró completamente
—Ah, no podemos hoy. Hasta luego— Damian caminó hacia adelante más rápido que antes y yo lo seguí. Pronto llegamos hasta la puerta principal, no había nadie vigilando la salida, así que simplemente abrí la puerta y salimos fuera, respiré el aire exterior y me di cuenta de que era la primera vez que pisaba la calle en un año.
—¿Dónde hay una oficina de correos?—me encogí de hombros, no tenía la más mínima idea
—Podrías haber preguntado antes…—propuse caminar por la misma calle hasta encontrar una o simplemente preguntar a alguien. Por el camino nos detuvimos a comprar algunos sellos postales, al parecer Damian tenía dinero, de origen desconocido para mí.
Desde que habíamos salido había visto dos cosas que me habían chocado, Damian hacía que yo hablara con la gente por él y me daba dinero para comprar las cosas, mientras él se iba a un lugar apartado e intentaba esconder su cara disimuladamente, supuse que estaría metido en un buen problema si se veía obligado a ser tan escurridizo.
La segunda cosa, quizás lo que despertó cierto sentimiento de frustración, fueron las personas con las que me cruzaba. Me había acostumbrado al orfanato, a la alegría de sus habitantes y a su mirada de felicidad, pero aquí fuera era distinto. Muchos tenían una mirada de cansancio, indiferencia y conformidad, su tono de voz era mucho más monótono, y fingir un estado de ánimo que no tenías era lo que casi todos hacían. No podía parar de pensar qué podría haber pasado para que hubiera este ambiente, pero después lo recordé, no había cambiado nada, yo había olvidado cómo era realmente, dentro de la burbuja del orfanato. No pude evitar preguntarme si realmente estaba bien ser tan feliz y luego encontrarse con esto.
Finalmente llegamos hasta una oficina de correo. Cogimos un número y nos sentamos a esperar nuestro turno. Damian sacó del bolsillo de la chaqueta un trozo de papel y un bolígrafo y escribió una nota que después metió en la caja, luego me pidió la etiqueta que me había pedido comprar en la papelería y la pegó en la caja después de anotar algunos datos. Esta vez cuando llegó nuestro turno él se encargó de hablar en la taquilla mientras yo lo esperaba sentada. Me extrañó que no hubiera ningún nombre, la etiqueta ponía una dirección y un código postal y la nota sólo decía "Cuida mejor de tus cosas, te delatan".
Al salir de la oficina de correos caminamos en dirección al orfanato, de vuelta a la burbuja de felicidad. Nos topamos con un paso peatonal y paramos a esperar que el semáforo cambiara a verde, perdida en mis pensamientos, dirigí la mirada hacia el nombre de la calle y el corazón me dio un vuelco.
—¿Te importa… si vamos a otro sitio antes de regresar?— dije mirando hacia la derecha la calle perpendicular a la que estábamos.
Damian me siguió, por esa calle y nos fuimos alejando de las casas, hasta llegar a un camino de tierra amarillenta, más adelante se podían ver cipreses detrás de un muro blanco. Llegamos hasta una gran reja, seguía abierta.
Todo este tiempo había sabido dónde estaban enterrados, pero no había ido desde el entierro, Damian me miraba algo incómodo.
—Sé que no es un lugar muy agradable, pero tenía que venir.
Caminamos hasta encontrar los nombres que buscaba, no pude evitar que se formara un nudo en mi garganta, se me revolvió el estómago y las piernas me fallaban, por lo que caí al suelo de rodillas al borde del llanto. Respiré hondo para intentar controlarme y pasé una mano por la tumba cubierta de hojas.
—Lo siento…—susurré a duras penas. Hasta ese momento no sabía verdaderamente cuánto los echaba de menos. Intenté tragarme el nudo que apresaba mi garganta y me levanté nuevamente, Damian me miraba sin saber qué hacer, le hablé aún mirando hacia abajo—Me preguntaste qué pasaba—señalé con la mano el lugar donde yacían los restos de mi familia—supongo que ya has visto la fecha, pero hace un año que están allí, la vida me dio un bonito regalo de cumpleaños, el último, justo al empezar el día, a las doce…—Miré a Damian de reojo y me sorprendió su expresión, estaba paralizado mirando la fecha
—¿Qué pasó?—me agaché de nuevo y retiré algunas hojas de la tumba
—Un accidente… Un camionero conducía en sentido contrario y mi padre iba hablando por teléfono… Conmigo…—no pude evitar sonreír con cierta ironía al recordar ese momento—no recuerdo ni por qué discutíamos, pero en medio de un frase se cortó la llamada…Pensé que me había colgado, pero la llamada que llegó después no era suya…—El rostro de Damian mostraba un montón de sentimientos a la vez, en aquel momento lo confundí con lástima, pero aquello era algo más, mucho más complejo.
—¿Un… camionero borracho… en la autopista…?—me levanté de nuevo y lo miré a la cara, no se veía muy bien, miraba fijamente la tumba.
—Sí, eso fue lo que me dijeron… Pero no mencioné la autopista, ni que estaba borracho—dije con un ligero tono de acusación, él sabía algo, ignoró la segunda parte y me miró
—¿Lo que te… dijeron? ¿No lo viste por ti misma?—reí con desprecio
—¿Por qué iba a querer ver a un pobre desgraciado tan drogado que ni siquiera recordaba lo que había hecho?—miró hacia abajo, se veía mal, por lo que decidí volver al orfanato, tiré de la manga de Damian y lo arrastré hacia la salida porque no parecía reaccionar, levantó ligeramente la cabeza hacia mí, lo miré por encima del hombro—No tiene sentido que sigamos hablando de esto.
—Lo siento mucho, yo…—apenas alcancé a oír sus palabras
—¿Qué?—volvió a bajar la cabeza
—Nada…
Durante el camino de vuelta mantuvo la cabeza agachada, perdido en sus pensamientos, sin decir una palabra, siendo arrastrado por mí, que aún sujetaba la manga de su chaqueta. Pensé en soltarlo varias veces, pero parecía estar sufriendo, por lo que lo llevé hasta llegar a la puerta del orfanato. Tal como lo recordaba, el ambiente dentro era totalmente distinto, no había ruidos, pero el silencio, interrumpido por alguna risa de los niños, era pacífico, no penetrante. Respiré, en cierto modo aliviada, por alguna razón sentía como si me hubieran quitado un gran peso de encima, Damian seguía igual, le solté la manga y me puse delante de él, levantó ligeramente la cabeza.
—¿He interrumpido un pensamiento eh?—me miró más relajado, algo de su frialdad había vuelto a su rostro
—Hasta mañana—dijo, como si me estuviera evitando y caminó hacia las escaleras
—Pero si todavía es—cuando me giré ya se había ido—temprano…—no pude evitar sonreír ligeramente.
Fui también a mi habitación, la verdad es que estaba cansada, allí me topé con Semine, Anneka y Britta sentadas en el suelo en círculo, acababan de ducharse, por lo que tenían el cabello húmedo. Al entrar Anneka y Britta me miraron algo extrañadas.
—Estás… ¿Sonriendo? Tal vez son alucinaciones mías…—Semine levantó la cabeza al escuchar a Anneka
—¿En serio?—no pude evitar reír
—Ni que fuera la primera vez…—Las tres me miraron con interés
—Bueno, es que esta vez es… de verdad—esta vez interrumpió Semine
—¿Qué ha pasado?—desvié la mirada
—Supongo que he descubierto algo bastante interesante…
Estaba cansada de vivir, pero decidí quedarme… sólo un poco más. Había encontrado algo con lo que entretenerme por un tiempo.